
La inflación en Argentina cerró 2025 con un dato que, en términos históricos, aparece como una buena noticia: el Índice de Precios al Consumidor acumuló un 31,5% anual, el nivel más bajo de los últimos ocho años. Después de períodos marcados por subas descontroladas, el freno en la escalada de precios ofrece cierta previsibilidad y orden macroeconómico. Sin embargo, detrás del número hay una realidad más compleja: para millones de trabajadores, el alivio todavía no se siente en el bolsillo.
La desaceleración inflacionaria no fue casual. Durante 2025, el Gobierno avanzó con un fuerte ajuste fiscal, redujo el déficit y limitó la emisión monetaria. A eso se sumaron la apertura de importaciones y un contexto de menor consumo interno. En conjunto, estas medidas ayudaron a frenar la suba de precios.
Desde el punto de vista macroeconómico, el escenario es más estable: menos sobresaltos, menos remarcaciones preventivas y una inflación mensual que se mueve en torno al 2% o 3%, muy lejos de los picos de años anteriores. Para el Estado y los mercados, es una señal de orden. Para la economía en general, un cambio de tendencia.
Pero ese orden tuvo un costo.

El problema no es solo cuánto suben los precios, sino cuánto cuestan
Que la inflación sea más baja no significa que los precios bajen. Significa, simplemente, que aumentan más lento. El alquiler, el transporte, la prepaga, la escuela o la boleta de servicios siguen siendo caros en relación con los ingresos.
En la vida cotidiana, el trabajador promedio sigue haciendo malabares: estira el sueldo, reduce consumos, posterga gastos y, en muchos casos, se endeuda para llegar a fin de mes. La inflación desaceleró, pero el nivel de precios quedó alto, especialmente en rubros esenciales.

Salarios que dejan de caer, pero no se recuperan
Uno de los puntos más sensibles es el salario real. En 2025, muchos sueldos lograron frenar la caída frente a la inflación, pero pocos recuperaron lo perdido en años anteriores. Las paritarias fueron más moderadas, en línea con la baja inflacionaria, pero eso no alcanzó para recomponer el poder adquisitivo.
En los hechos, el salario promedio compra menos servicios que antes. Alquileres, transporte y salud aumentan por encima del índice general y se llevan una porción cada vez mayor del ingreso. Para los trabajadores informales, jubilados y sectores con ingresos fijos bajos, la situación es aún más crítica.

Menos inflación, menos consumo
Otro factor clave detrás de la baja inflacionaria es la caída del consumo. Con bolsillos ajustados, la demanda interna se enfrió. Y cuando la gente compra menos, los precios tienen menos margen para subir.
Este fenómeno ayuda a explicar la estabilidad de los números, pero también expone una economía que funciona a media máquina. Comercios que venden menos, industrias presionadas por importaciones más baratas y un mercado laboral que no termina de despegar.

El contraste: país más ordenado, hogares más ajustados
La inflación más baja es, sin dudas, una condición necesaria para una economía sana. Permite planificar, reduce la incertidumbre y pone un freno a una de las principales fuentes de empobrecimiento. Pero no es suficiente.
Mientras los indicadores macro muestran mejoras, el día a día sigue siendo cuesta arriba para una gran parte de la población. El desafío hacia adelante no es solo sostener la desaceleración inflacionaria, sino lograr que esa estabilidad se traduzca en mejores salarios, más empleo y una recuperación real del poder de compra.

En el plano macroeconómico, la inflación más baja marca un punto de inflexión: ordena variables clave, reduce la incertidumbre y sugiere un escenario de mayor estabilidad tras años de desequilibrios y urgencias permanentes.
Pero en el otro umbral, el de la vida cotidiana, la lectura es distinta. Para el trabajador promedio, la inflación desacelerada convive con salarios que no alcanzan, precios todavía altos y gastos esenciales que siguen presionando todos los meses. La estabilidad macro aún no se traduce en alivio concreto: llegar a fin de mes sigue siendo un desafío y el margen para el consumo o el ahorro continúa siendo mínimo.
Entre la mejora de los indicadores y la experiencia diaria hay una distancia que no se mide en porcentajes. El verdadero desafío no es solo sostener la baja inflacionaria, sino lograr que ese orden macroeconómico cruce la frontera de las estadísticas y se refleje en una mejora real del poder adquisitivo, del empleo y de la calidad de vida. Recién entonces, la inflación dejará de ser solo un dato positivo y pasará a sentirse como una buena noticia.