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Apertura de importaciones: cómo afectarían o beneficiarían a las industrias argentinas

Mientras el Gobierno avanza con la apertura de importaciones, el debate sobre el empleo industrial se volvió uno de los ejes más sensibles del rumbo económico. El ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, defendió públicamente la eliminación de trabas al comercio exterior aun cuando eso implique despidos en sectores industriales locales. Según su mirada, la Argentina arrastra desde hace décadas un esquema de protección que encarece los productos, reduce la competitividad y termina perjudicando al conjunto de la economía.

Para Sturzenegger, la pérdida de puestos de trabajo en algunas industrias no debe analizarse de manera aislada. El funcionario sostiene que la apertura genera un “efecto neto positivo” sobre el empleo, ya que los puestos que se destruyen en sectores protegidos se compensan con la creación de trabajo en comercio, logística, transporte y servicios. En ese marco, argumenta que importar más permite bajar precios, mejorar el poder adquisitivo y liberar recursos hacia actividades más eficientes. La crítica sindical y de buena parte del arco industrial apunta a que ese proceso no es inmediato y que, en el camino, se pierden empleos calificados y se debilita la estructura productiva nacional.

El golpe más duro

La industria textil es uno de los sectores más afectados últimamente. Compite de manera directa con productos importados de bajo costo, principalmente de Asia y Brasil, mientras enfrenta altos costos locales en energía, impuestos y cargas laborales. La apertura aceleró un proceso que ya venía en marcha: caída de ventas, reducción de turnos y dificultades para sostener la producción.

El resultado es una combinación conocida: cierres de pymes, suspensiones y despidos masivos. En muchas regiones del país, la pérdida de empleo textil tiene un fuerte impacto social por la concentración de trabajadores en pocas plantas y la escasa capacidad de absorción de otros sectores.

Leé más sobre este tema en: El escenario del textil argentino

Metalúrgica y autopartes: menos producción local

En la metalurgia y el sector autopartista, la apertura impulsa la importación de piezas terminadas en lugar de producción nacional. Las automotrices, presionadas por costos, optan por proveedores externos más baratos.
Esto reduce la actividad de las pymes industriales y convierte a algunas plantas en simples ensambladoras, con menor valor agregado y menos empleo calificado.

Electrónica: riesgo en Tierra del Fuego

La industria electrónica y de electrodomésticos, particulamente en Tierra del Fuego, es uno de los casos más paradigmáticos del impacto de la apertura de importaciones. Se trata de un sector que se desarrolló al calor de regímenes especiales de promoción industrial, con aranceles y beneficios fiscales destinados a sostener la producción nacional y el empleo en una provincia con fuertes desventajas geográficas y logísticas.

La baja de aranceles y la mayor facilidad para importar productos terminados golpean de lleno a sector. Los artículos provenientes del exterior ingresarían a precios más bajos, reduciendo la competitividad de la producción local, lo que podría provocar una caída en las ventas de las plantas fueguinas. En ese contexto, las empresas comienzarían a aplicar paradas de línea, suspensiones y, en algunos casos, despidos, mientras evalúan si les resulta viable seguir produciendo en el país o reconvertirse en simples importadoras.

El impacto social es delicado. En Tierra del Fuego, la electrónica no es solo un sector más, es uno de los principales motores de empleo privado. La pérdida de puestos de trabajo no encuentra fácilmente alternativas en otras actividades, lo que amplifica el efecto de cada ajuste y pone en tensión a toda la economía regional.

Alimentos: un escenario mixto

En el sector de alimentos y consumo masivo, la apertura de importaciones no tiene un único efecto. Para algunas empresas, la posibilidad de importar insumos más baratos representa un alivio, ya que les permite producir a menor costo en un contexto de ventas bajas y consumo retraído.

Pero al mismo tiempo, el ingreso de alimentos y productos elaborados del exterior genera una competencia directa con la producción nacional. Las empresas más grandes suelen tener más margen para adaptarse, ya sea por su escala, su espalda financiera o su capacidad para absorber pérdidas temporales. En cambio, muchas pymes del sector quedan en una situación más frágil: venden menos, ganan menos y, en algunos casos, se ven obligadas a ajustar personal o reducir su actividad.

Otro punto clave es que la baja de costos no siempre llega al bolsillo del consumidor. Aunque algunas materias primas o productos importados entren más baratos, eso no se traduce automáticamente en precios más bajos en las góndolas. Así, mientras el impacto sobre el empleo y las pequeñas empresas se siente rápido, el beneficio para los consumidores resulta más limitado.

La industria química y farmacéutica vive una situación ambigua. La importación de insumos puede reducir costos, pero el ingreso de medicamentos terminados pone en riesgo la producción nacional.
Especialistas advierten que una mayor dependencia externa en este sector no sólo afecta empleo e inversión, sino también la soberanía sanitaria.

Agroindustria: el sector que gana

Dentro del mapa productivo, la agroindustria es uno de los sectores que mejor se adapta a la apertura de importaciones. El ingreso de maquinaria agrícola, fertilizantes, agroquímicos y otros insumos a menor costo permite a los productores trabajar con más tecnología, mejorar los rindes y reducir gastos en un contexto económico complejo.

Este proceso, sin embargo, no implica una creación masiva de empleo. La mayor parte del beneficio se traduce en más eficiencia y mayor rentabilidad, no en más puestos de trabajo. Al contrario, la incorporación de tecnología suele reemplazar mano de obra y concentrar la producción en menos actores con mayor escala.

Por eso, mientras el agro logra sostener o incluso mejorar sus números, el impacto positivo no alcanza a compensar la pérdida de empleo industrial en otros sectores. La apertura favorece a un modelo más productivo y exportador, pero con una capacidad limitada para absorber a los trabajadores que quedan fuera de la industria.

Más empleo, aunque más precario

El aumento de importaciones impulsa el comercio, el transporte y la logística. Allí se generan nuevos puestos de trabajo, aunque mayormente de menor calificación, salarios más bajos y mayor precariedad que el empleo industrial perdido.
Este es el corazón del argumento oficial: se destruye empleo en fábricas, pero se crea en otros sectores. La crítica apunta a la calidad de esos nuevos puestos.

La apertura comercial redefine el mapa productivo argentino. Los sectores industriales intensivos en mano de obra son los grandes perdedores, mientras que el agro y los servicios asociados al comercio exterior ganan terreno.
La pregunta que queda abierta es si el país puede sostener un modelo de crecimiento con menos industria, más importaciones y empleo de menor calidad, o si el costo social de la transición termina siendo demasiado alto.

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