
Un problema estructural poco visible en la política, pero central para entender por qué el crecimiento no se traduce en más trabajo, mejores salarios y producción con valor agregado.
Desde hace años, más allá del debate sobre el dólar o la inflación, la economía argentina arrastra un problema profundo: está consumiendo su stock de capital. Esto quiere decir que el país viene gastando sus herramientas productivas —máquinas, infraestructura, tecnología— más rápido de lo que las repone o moderniza. El resultado es una economía menos productiva, con salarios reales que no terminan de recuperarse y una competitividad que se erosiona con el tiempo, explican economistas que analizaron este fenómeno en una columna publicada el 10 de febrero de 2026.
En términos prácticos, el capital productivo es todo aquello que permite a un trabajador producir más y mejor. Desde una máquina agrícola moderna hasta una plataforma digital para gestionar procesos industriales. Sin inversión sostenida en estas herramientas, los países no pueden crecer de manera sostenible. En Argentina, la tasa de inversión (lo que se destina a comprar y renovar capital) ha estado estancada en torno al 15% del PBI, muy por debajo del 18–20% que se necesita solo para mantener el capital existente, y lejos incluso del 25% que han alcanzado economías que lograron desarrollarse a largo plazo.
Esa falta de inversión no es un accidente: tiene raíces en décadas de políticas económicas con alta incertidumbre, controles sobre precios y tipo de cambio, altos costos tributarios, y períodos de economía cerrada, factores que desalientan tanto al capital local como al extranjero. Para muchas empresas la lógica fue aguantar con lo que había, en lugar de renovar y crecer. El resultado es que la infraestructura envejeció, la industria quedó atrás y la productividad se debilitó.
Este problema estructural se siente en varios frentes. Por un lado, frustró la posibilidad de que los salarios reales suban de forma sostenida, ya que los ingresos dependen de la productividad, que a su vez no avanza si no hay capital actualizado por trabajador. Por otro lado, limita la capacidad de la Argentina para competir y atraer inversiones, incluso cuando hay señales económicas positivas: por ejemplo, aunque algunos bonos corporativos argentinos lograron tasas atractivas en mercados internacionales, el Estado sigue con dificultades para aprovechar ese interés y financiarse con condiciones favorables.
En el plano macroeconómico general, organismos como el Banco Mundial proyectan que la economía argentina crecerá alrededor de 4% en 2026, una marca destacada en el contexto regional pero moderada en relación a las necesidades de inversión productiva real. Esa cifra refleja una economía que aún tiene espacio para expandirse, pero que enfrenta el desafío de traducir crecimiento en mejoras estructurales que impacten la vida de la gente.
El debate público suele centrarse en variables como tipo de cambio, inflación, reservas o resultado fiscal. Sin embargo, especialistas sostienen que la verdadera clave para transformar la economía pasa por mejorar las condiciones para invertir y detener la descapitalización de la economía argentina. Sin ese cambio profundo, el crecimiento seguirá siendo un dato macroeconómico sin efectos duraderos en la productividad y el bienestar de la mayoría de las familias.