
La histórica victoria electoral de la primera ministra japonesa encendió las alertas en Beijing, que interpreta su avance político como una amenaza militar y lanzó duras advertencias diplomáticas.
La política entre China y Japón entró en un episodio de fuerte tensión tras la aplastante victoria electoral que obtuvo la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, en las elecciones generales de este 2026. El Partido Liberal Democrático (PLD) de Takaichi logró un número de escaños que le permite gobernar con un margen suficiente para impulsar cambios importantes, inclusive reformas a la Constitución pacifista japonesa, una posibilidad que generó alarma en Beijing.
Desde la capital china, el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores, Lin Jian, lanzó una advertencia a Tokio y instó al gobierno japonés a seguir “un camino de desarrollo pacífico” en lugar de repetir lo que calificó como “errores del pasado” asociados al militarismo. Las declaraciones se produjeron en un contexto de profunda desconfianza, vinculadas a la creciente agenda de seguridad y defensa impulsada por Takaichi y su partido.
La raíz del malestar radica en comentarios previos de Takaichi, quien en noviembre de 2025 vinculó explícitamente la seguridad de Japón con la situación en el estrecho de Taiwán, sugiriendo que un ataque chino a la isla podría justificar una respuesta militar desde Tokio. Esa postura, inusual para un primer ministro japonés, fue interpretada por China como un cruce de líneas históricas y diplomáticas. Beijing considera a Taiwán parte de su territorio y rechaza cualquier intervención extranjera en ese asunto.

La primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, líder del gobernante Partido Liberal Democrático (PLD), habla durante una rueda de prensa en la sede del PLD en Tokio, Japón. 9 de febrero de 2026 FRANCK ROBICHON/Pool vía REUTERS
La reacción china no se limitó a palabras. En los últimos meses Pekín ha intensificado su campaña diplomática y económica: llamó varias veces a consultas al embajador japonés, implementó advertencias de seguridad para sus ciudadanos que planeaban viajar a Japón, restringió exportaciones clave y aplicó controles sobre bienes tecnológicos considerados de doble uso.
A pesar de las tensiones públicas, desde Tokio Takaichi aseguró que su gobierno continuará manteniendo canales de comunicación abiertos con China y que desea gestionar las diferencias con “diálogo y responsabilidad” para evitar malentendidos. Esta postura busca equilibrar las demandas internas de reforzar la defensa nacional con la necesidad de preservar relaciones estables con su vecino y principal socio comercial.
Analistas coinciden en que la estrecha relación entre China y Japón —países con profundos vínculos económicos, pero con disputas históricas y geopolíticas— enfrenta ahora un punto de inflexión. La ampliación del gasto en defensa, la discusión sobre posibles cambios constitucionales y las interpretaciones sobre Taiwán alimentan un clima de desconfianza que podría tener repercusiones más allá de Asia Oriental.
Beijing, por su parte, dejó claro que su política hacia Japón “no cambiará por una sola elección”, pero reiteró que espera “gestos concretos” para restablecer la confianza bilateral. Estas palabras buscan transmitir estabilidad, aunque al mismo tiempo subrayan las líneas rojas que el gobierno chino no quiere que Tokio cruce en lo que considera sus intereses estratégicos.