
Asunción, 18 de enero de 2026.
Luego de más de dos décadas de negociaciones, el Mercosur y la Unión Europea firmaron este viernes en Paraguay el histórico acuerdo de asociación birregional que busca crear una de las mayores zonas de libre comercio del mundo. El acto se realizó en Asunción, bajo la presidencia pro tempore paraguaya del bloque sudamericano, y contó con la presencia del presidente argentino Javier Milei, autoridades europeas y mandatarios regionales, aunque estuvo marcado por la ausencia del presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva.
La firma del tratado representa un hito político y diplomático para ambos bloques, ya que involucra a un mercado de más de 700 millones de personas y apunta a profundizar los vínculos comerciales, productivos y estratégicos entre Europa y América del Sur. Sin embargo, lejos de cerrar el proceso, el acuerdo abre ahora una etapa compleja, atravesada por debates internos, resistencias políticas y dudas sobre su aplicación efectiva.
Durante la ceremonia, Milei celebró la concreción del acuerdo y lo definió como un paso central en la estrategia de apertura económica de su gobierno. En sintonía con su discurso de inserción internacional, el Presidente remarcó que la Argentina debe integrarse de manera plena al comercio global y dejar atrás décadas de proteccionismo. Desde la Unión Europea, las autoridades destacaron el carácter estratégico del pacto, no solo en términos comerciales, sino también como una señal política en un contexto internacional marcado por tensiones geopolíticas y disputas por mercados y recursos.

Uno de los datos políticos más relevantes del encuentro fue la ausencia de Lula da Silva, quien no asistió personalmente a la firma y delegó la representación de Brasil en su canciller. La decisión generó lecturas diversas: mientras algunos analistas la atribuyen a diferencias internas en Brasil respecto del impacto del acuerdo en su industria y su sector agropecuario, otros la vinculan a tensiones diplomáticas y a la necesidad del mandatario brasileño de equilibrar presiones internas antes de avanzar en la etapa de ratificación parlamentaria.
Pese a la firma formal, el acuerdo aún no entrará en vigencia. Para que comience a aplicarse, deberá ser aprobado por el Parlamento Europeo y por los congresos nacionales de cada país del Mercosur, incluido el argentino. Ese proceso puede demorar meses o incluso años, y estará condicionado por el clima político interno de cada país y por las resistencias que el tratado despierta en distintos sectores.
En Europa, las críticas se concentran principalmente en el impacto que podría tener la apertura comercial sobre los productores agropecuarios, especialmente en países como Francia y Alemania, donde organizaciones rurales y ambientalistas advierten sobre una posible competencia desleal y reclaman mayores exigencias ambientales. En América del Sur, en cambio, los cuestionamientos apuntan a los riesgos que la liberalización progresiva implica para la industria local y el empleo, en economías con fuertes asimetrías frente al bloque europeo.

Para la Argentina, el acuerdo abre oportunidades relevantes, pero también desafíos significativos. Analistas económicos coinciden en que los principales beneficios potenciales se concentran en el sector agroindustrial, las economías regionales, la energía y la minería, que podrían ampliar su acceso al mercado europeo con mejores condiciones arancelarias. Al mismo tiempo, advierten que la industria manufacturera, en particular algunos segmentos sensibles, podría enfrentar una mayor competencia de productos europeos si no se acompaña el proceso con políticas de reconversión productiva e inversión.
La experiencia de otros acuerdos comerciales muestra que los efectos no son inmediatos ni automáticos. En países como Chile, que firmó tratados similares con la Unión Europea, el comercio bilateral creció de manera sostenida, pero ese resultado estuvo acompañado por estabilidad macroeconómica, reglas claras y políticas de promoción de exportaciones. En ese sentido, especialistas subrayan que el impacto real del Mercosur–UE dependerá menos del texto del acuerdo y más de cómo cada país, incluida la Argentina, logre implementarlo.
Así, la firma en Asunción marca el cierre de una negociación histórica, pero también el inicio de una etapa decisiva. La ratificación legislativa, la definición de reglas técnicas y la capacidad del país para adaptarse a un escenario de mayor competencia serán claves para determinar si el acuerdo se traduce en crecimiento, inversión y empleo, o si queda limitado a un logro diplomático sin impacto profundo en la economía real.