
El cierre de Emilio Alal, con más de 100 años de historia, dejó a 260 trabajadores sin empleo y se convirtió en una postal cruda del derrumbe que atraviesa la industria textil argentina, asfixiada por las importaciones, la caída del consumo y la pérdida de competitividad.
El cierre definitivo de la empresa textil Emilio Alal no es solo una mala noticia para Corrientes y Chaco: es una señal de alarma para toda la industria nacional. La firma, fundada en 1914 y con más de un siglo de trayectoria en la producción de hilados y telas, anunció el cese total de sus actividades en las plantas de Goya y Villa Ángela, dejando a más de 260 trabajadores en la calle y afectando de manera directa a economías regionales que dependían de su funcionamiento.
La empresa comunicó que la decisión fue tomada tras haber agotado todas las instancias posibles para sostener la producción. Sin embargo, el contexto terminó siendo más fuerte. La apertura de importaciones de productos textiles a precios muy bajos, la caída del consumo interno producto de la pérdida de poder adquisitivo y los elevados costos de producir en Argentina fueron una combinación letal incluso para una firma que logró atravesar guerras, crisis financieras y cambios de modelo económico a lo largo de décadas.

El impacto del cierre se sintió de inmediato en las comunidades donde operaba la empresa. En Goya y Villa Ángela, Emilio Alal no solo era una fuente de empleo directo, sino también un eslabón clave de una cadena productiva más amplia, que incluía proveedores, servicios y comercios locales. Entidades empresarias y cámaras industriales advirtieron que la pérdida de esta fábrica profundiza un deterioro social que ya venía en aumento y que se replica en distintos puntos del país.
Lejos de tratarse de un hecho aislado, el caso de Emilio Alal se inscribe en una crisis estructural que atraviesa a toda la industria textil argentina. En los últimos meses se multiplicaron las paralizaciones de plantas, los recortes de personal y los cierres de empresas históricas, en un escenario marcado por la fuerte suba de las importaciones, la caída de la producción local y niveles de utilización de la capacidad instalada alarmantemente bajos. A esto se suma un mercado interno retraído, donde cada vez menos hogares pueden sostener el consumo de bienes básicos como la indumentaria.

Este deterioro ya había sido analizado en profundidad en el panorama general del sector, donde se observa cómo la combinación de menos producción, menos empleo y más importaciones está reconfigurando el mapa industrial argentino y dejando a miles de trabajadores en situación de incertidumbre. El cierre de Emilio Alal aparece así como una consecuencia directa de ese proceso más amplio, que golpea tanto a grandes centros industriales como a economías regionales.
La desaparición de una empresa con más de cien años de historia no es solo una estadística. Es el reflejo de un modelo productivo que se achica, de pueblos que pierden su principal fuente de trabajo y de un entramado industrial que se debilita día a día. Si una firma que logró sobrevivir durante más de un siglo no pudo sostenerse en el contexto actual, la pregunta que queda abierta es cuántas más correrán el mismo destino antes de que la crisis deje de ser una advertencia y se transforme en un punto de no retorno.