
Aunque baja la desocupación, la calidad del trabajo se deteriora y miles de personas buscan alternativas fuera del empleo formal.
La radiografía del mercado laboral argentino al comienzo de 2026 muestra una transformación evidente y preocupante: hay menos empleos formales y cada vez más trabajadores que dependen de formas de trabajo independientes o informales. Los datos oficiales y los análisis de especialistas reflejan un fenómeno que ya no es marginal, sino estructural en la economía del país.
Según el análisis de Infobae del 9 de febrero de 2026, entre fines de 2023 y fines de 2025 se perdieron más de 240.000 empleos registrados, tanto en el sector privado como en el público, sin que estos puestos hayan sido recuperados. La caída del empleo en blanco se ve en distintos rubros y se acompaña de un aumento de personas que trabajan por su cuenta o bajo esquemas no tradicionales.
Este cambio estructural se da en un contexto en el que la tasa de desocupación no necesariamente sube de manera abrupta. Por ejemplo, datos del tercer trimestre de 2025 muestran que el desempleo descendió a alrededor del 6,6%, lo que en apariencia puede sugerir una mejora. Sin embargo, esa aparente estabilidad oculta otro fenómeno: la calidad del empleo está deteriorándose porque una parte cada vez mayor de trabajadores ocupa puestos sin registro formal o con ingresos inciertos.
El crecimiento de la informalidad no es un dato menor. Informes recientes indican que hay más de 8 millones de personas trabajando en negro, lo que representa uno de los niveles más altos en la serie histórica disponible. Este aumento de trabajo no registrado actuó como principal motor del crecimiento del empleo total en 2025, aun cuando esos puestos suelen ofrecer menos protección social y menores ingresos.
Especialistas y analistas señalan que la caída del empleo en blanco y el avance de formas de trabajo precarias o independientes tienen raíces profundas: una economía que se desacelera, la eliminación de ciertos incentivos para la contratación formal y cambios en las políticas laborales y fiscales que afectan tanto a las empresas como a los trabajadores. En varias provincias se observan también señales de estancamiento del empleo formal, lo que refuerza la percepción de que el mercado laboral no está generando oportunidades de calidad.
Esta transformación tiene impacto directo en la vida cotidiana de millones de argentinos. Para quienes pierden un empleo formal, la salida muchas veces es buscar trabajo por cuenta propia, adherirse a regímenes simplificados de monotributo o recurrir a changas que no garantizan estabilidad ni aportes previsionales. En términos concretos, esto significa que aunque más personas estén ocupadas, muchas lo estén en condiciones más vulnerables y con menor protección social.
La situación plantea un desafío claro para el país: no se trata solo de recuperar números de empleo, sino de recuperar empleos de calidad con condiciones que permitan proyectar una vida laboral digna. En un escenario donde el trabajo independiente crece sin que necesariamente existan mejores ingresos o derechos laborales plenos, el mercado laboral muestra un rostro que combina dinamismo con precariedad, y que obliga a repensar políticas públicas orientadas a frenar la caída del empleo formal y mejorar la calidad del trabajo.
Argentina atraviesa en 2026 un momento complejo en su mercado laboral: hay más laburo en términos cuantitativos, pero mucho de este trabajo no goza de la formalidad, estabilidad ni protección que otrora caracterizaban a una parte importante de la fuerza laboral. Este proceso, que se profundizó en los últimos dos años, marca un giro que afecta tanto a quienes ya están dentro del sistema como a quienes buscan insertarse.