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Carnavales medievales: descontrol, comida, agua y rol social invertido antes de la Cuaresma

En los días previos a la Cuaresma, las calles de la Europa medieval se transformaban: banquetes, bromas, batallas de comida y ritos de desenfreno marcaban un paréntesis radical en la vida cotidiana y en las normas sociales.

Durante la Edad Media, el carnaval era mucho más que un simple festejo. Antes del Miércoles de Ceniza, que daba inicio a la Cuaresma y a un período de ayuno riguroso, las ciudades y pueblos europeos se convertían en escenarios de bullicio, descontrol y exageración. Por tres días enteros, todo lo que se prohibía el resto del año se celebraba con intensidad: comida abundante, bebida y juegos que invertían las reglas sociales habituales.

Las calles se llenaban de banquetes desbordantes y mascaradas que transformaban la vida cotidiana. Era un tiempo para romper con la rutina, dejar de lado el orden y permitir que las normas se relajaran sin castigo. Las bromas y ritos simbólicos permitían una especie de “liberación colectiva” antes de entrar en el tiempo del ayuno.

Los protagonistas de estas fiestas no eran solo los adultos. Los niños, las mujeres y los jóvenes tomaban las riendas de muchas de las tradiciones. Se organizaban batallas de comida, travesuras e incluso juegos tan extraños como atar objetos ruidosos a las colas de perros, gatos y gallos para perseguirlos por las calles. En algunas regiones, como Galicia, los niños elegían un “rey de gallos” y participaban en pruebas que hoy suenan singulares.

Las mujeres también tenían su espacio festivo: desde balcones y ventanas arrojaban agua a cualquiera que pasara por debajo, en una señal de permisividad y de una inversión temporal de roles. En ciudades como Madrid, Cádiz, Huelva y Galicia, este juego era parte de la tradición callejera.

No faltaban tampoco enfrentamientos con ingredientes juguetones: nieve, harina, huevos, peladillas y hasta naranjas se usaban en combates improvisados. Un ejemplo eran las llamadas taronjades en regiones como Andalucía y Barcelona, que terminaron prohibidas en algunas ciudades por lo peligroso de los lanzamientos.

Más allá de los juegos, el carnaval era también una escena de sátira social. Se permitían burlas públicas, procesiones falsas que ridiculizaban figuras de autoridad y representaciones burlescas que, fuera de esos días, hubieran significado castigo o desaprobación. Los jóvenes, incluso, podían proferir groserías o comportarse de forma provocadora sin temer consecuencias.

El carnaval medieval favorecía la participación de mujeres, jóvenes y niños, quienes asumían roles protagonistas en batallas de comida y representaciones satírica (Wikipedia)

La gastronomía ocupaba un lugar central: platos basados en cerdo, como butifarra o pies de cerdo, sopas con lengua y lomo, morcilla y tortillas elaboradas con ingredientes ricos eran habituales. Estos excesos culinarios tenían sentido histórico: durante la Cuaresma, la carne y otros alimentos quedarían prohibidos, por lo que aprovechar la última oportunidad de banquetes era casi una obligación social.

Finalmente, cuando las celebraciones llegaban a su punto máximo —el martes de carnaval— se realizaban ritos de purificación para marcar el cierre de la fiesta. Se quemaban muñecos hechos de paja o trapo y se representaban escenas simbólicas, como el entierro de la sardina, un cortejo burlesco que siglos después inspiraría a artistas como Goya.

Las mujeres aprovechaban el carnaval medieval para arrojar agua desde balcones en ciudades como Madrid, Cádiz y Huelva, expresando la inversión temporal del orden social (Imagen Ilustrativa)

Con la llegada del Miércoles de Ceniza, el ambiente festivo se transformaba en recogimiento. El desenfreno daba paso a la disciplina y al recogimiento propios del tiempo de Cuaresma, donde se reinstauraban prohibiciones como la abstinencia de carne y la moderación en la vida social.

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